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España, temporada 27

Si la política española fuera una serie, ya la habrían cancelado por falta de guion. Mismos personajes, mismos conflictos, mismos diálogos reciclados. Solo cambian los decorados y los hashtags.

La derecha acusa a la izquierda de comunista. La izquierda acusa a la derecha de fascista. El centro dice que ellos son distintos, pero votan con quien más les conviene. Y los nacionalistas amenazan con romper España cada vez que necesitan tapar un caso de corrupción. Spoiler: nunca lo hacen, pero el drama funciona.

El eterno episodio piloto

Cada cuatro años estrenamos temporada. Los protagonistas envejecen, pero los guionistas siguen escribiendo lo mismo. El público se queja, pero no cambia de canal. Y los problemas reales —precariedad, vivienda, sanidad, educación— siguen ahí, como extras mal pagados en el fondo del plano.

Hablar de eso no da titulares. No polariza. No vende. Así que seguimos viendo el mismo capítulo, convencidos de que esta vez el final será distinto.

El espectador fiel

El problema no son solo los políticos. Somos nosotros, los espectadores que aplauden los mismos clichés. Los que confunden el debate con entretenimiento. Los que votan por costumbre, por miedo o por aburrimiento.

España no necesita nuevos actores. Necesita guionistas. Porque mientras el público siga enganchado al ruido, la serie seguirá renovándose por inercia.

La política española es una producción colectiva: guion mediocre, reparto sobreactuado y público cautivo. Y lo peor es que, aunque todos sabemos cómo acaba, seguimos esperando el giro de trama que nunca llega.

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